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Hay veces que hueles la foto desde la distancia. Escenas que apenas ves de reojo, pero que activan con rapidez tu fotómetro. Como un perro de hocico húmedo al que el viento le trae el olor de una perra en celo.  En esas estaba yo cuando después de pasar la noche viajando salté del camión en Chilete. Les vi desde lejos. Una larga fila de señoras sentadas en un escalón con unos luminosos sombreros de ala ancha. De vuelo elegante. Rodee la plaza por el lado opuesto y me acerqué poco a poco. Pero ahí me vi en un pueblo que no conocía en un país que no era el mío frente a más de 20 mujeres acusándome con su mirada. Y quise escapar, irme al río a fotografiar pájaros, allí donde la vergüenza no me hiciera cada vez más pequeño.

Por suerte nunca supieron que ellas eran el mastín y yo el caniche.

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Detalles

 Las cerillas tienen nombres de frutas.

Desde Poshina a Phimbalia hay tres kilómetros pero en época del monzón recorren 70.

Los búfalos comen las hojas secas del algodón.

He contado los pasajeros de un jeep al azar: 32 personas.

Los adivasis son enterrados en sus campos.

Por segunda vez hemos visto una pareja de mangostas. Los animales tienen su rutina y todos los días vemos en los mismos lugares a un par de martín pescador, uno de ellos se posa en un árbol seco frente a la casa de adobe de una familia adivasi a la que nos hemos acercado a saludar. Nos han enseñado orgullosos sus vacas. El hombre le pega palizas a su mujer. En el pueblo de Bedi se concentra la comunidad Garasia, una especie de “clase alta” de adivasis, si es que eso tiene sentido. Algunos se consideran más puros y evitan alimentos cocinados por otras comunidades de adivasis. Tampoco suelen enviar a las niñas a estudiar. Visten unos chalecos muy coloridos con espejos y flores bordadas; y adornan sus cuerpos con tatuajes y pulseras de plata. En Bedi hay alcaldesa pero P. comenta que las decisiones importantes las toma el marido. Los caminos están repletos de pequeñas bolas de algodón, quizá lo único blanco puro que hay en este superpoblado, sucio y sin embargo adictivo país.

*(Cuadernos de viaje India)

 

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La buena vida…

Atardece en la arista del Nadelhorn (Alpes suizos). La noche caerá pronto pero será tan larga como… tan larga como una noche sin dormir en la arista del Nadelhorn. La ventisca maltrata bruscamente nuestra tienda, que se dobla como si fuera de papel, y la llena de nieve por dentro. Es una de esas pocas veces en las que  prefiero el viento a la calma, pues mientras uno va a parar la otra anuncia desconcertantemente que el golpe está por llegar. Siete horas después el viento amaina. Ya podemos recoger y ponernos a andar. Solo quedan otras siete horas de jornada.

Y al regreso, sin cima, mis amigos contestan sujetando una cerveza en pantalón corto “¡pero qué bieeen vives…!”.

Y tienen razón.

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