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El atajo

Fueron bastantes veces las que usamos el atajo. Durante años fue la ruta más corta para unir Mutilva, donde vivíamos, y Pamplona; y a pesar de tener que atravesar varios campos lo cruzábamos a diario. Ya fuera con el trigo verde de primavera o el olor frío del invierno nuestras bicis serpenteaban veloces la pequeña senda que nos alejaba del valle (aunque mis amigos de la capital siempre piensen que “Mutilva es Pamplona” ellos no saben lo que conlleva, poéticamente al menos, vivir en un valle). Durante los últimos años de colegio mi compañero para atravesar estos campos con microclima propio fue Mikel Etxeberz, el loco más divertido que he conocido y personaje de historias inverosímiles. Con él contemplé una noche una luna tan grande que cubría el cielo. Tan luminosa y fantástica que, aunque suene extraño, me hizo dudar de su existencia. Incluso ahora recuerdo aquello como una historia soñada, que no sé hasta que punto sucedió y hasta dónde es una reconstrucción más de una cabeza chiflada. Lunática.

Los días de lluvia también tomábamos el atajo y a menudo nos sentábamos en el pupitre con la espalda salpicada de barro. Mi madre me decía, con razón, que algún día no me iban a dejar entrar. Pero antes de eso, una mañana soleada, Mikel y yo peladeábamos inocentemente cuando nos cruzamos con dos topógrafas que hacían mediciones en aquel terreno. Habían plantado sus trípodes autoritarios en nuestro camino, pisando la hierba y agujereando la tierra.

Más tarde colocaron unas vallas que cortaron el paso y pronto empezaron las obras. Ya no volveríamos a llegar embarrados al colegio. Construyeron edificios, un carril bici y ajardinaron las rotondas. Quedó algún pequeño trozo con malas yerbas y cardos pero la mayor parte del atajo se volvió limpio, gris y frío; y mi Conor amarilla, compañera de andanzas desde que aprendí a nadar, murió al poco tiempo. Pensaría que de pena de no ser porque era Mikel quien la galopaba.

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Este es mi hermano G. Ayer fuimos a la huerta. Después de un mes con más de 20 días de lluvia y dos de calor la hierba había crecido hasta el pecho, dándole un aspecto asalvajado a nuestro pequeño terreno pedregoso. Así que hubo que ponerse manos a la obra. Tras unas horas de duro trabajo descansamos recogiendo y comiendo, a partes iguales, las primeras cerezas de la temporada de unos árboles rebosantes. En este paisaje se me ocurrió hacerle un retrato a mi hermano que exaltara el trabajo físico y el esfuerzo. No sé, algo con un aire épico. Tenía pensado pedirle que posara sin camiseta, para resaltar esa mezcla de sudor y tierra que nos recuerda nuestra sencillez primitiva. Su pelo corto y su piel blanca podía darle un toque parecido a esas fotografías de jóvenes soviéticos, malnutridos pero fibrosos, que trabajaban duramente en los campos de aquellos mundos difíciles. Gente dura de piel seca y venas hinchadas por el trabajo, como mi hermano, que pasó dos años macheteando en las selvas bolivianas. Pero entonces apareció con sus gafas de sol mi hermana pequeña, la que nunca riñe ni discute, la que raramente levanta la voz. La misma que había parado a descansar mareada después de 10 minutos de rastrillo, y le comentó a mi hermano con su tono angelical que estaba gordo. “Pero un gordo deforme”. Y me fastidió el retrato.

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Por qué hacer periodismo

Ni informar ni mejorar el mundo. La principal razón por la que quiero hacer periodismo es tener una buena excusa para acercarme a las personas que me parecen interesantes. Vencer la timidez y convencerme de que esa historia que tengo delante le puede interesar a más gente, aunque a menudo lo único que quiera es asomar la cabeza para hacer mi vida menos aburrida. Algunas de estas personas resultan además ser buenas, y hacen que aunque sepas que no vayas a vender el reportaje regreses a casa alegre de haber invertido el tiempo y la energía en conocer una historia nueva. Contento por madrugar aunque sea invierno y llueva.

A esta familia la conocí el año pasado y después de hacer mi reportaje acabé sentado en su cocina. Comiendo mientras revisábamos los álbumes familiares y recibía las lecciones de pelota de un chaval de diez años que me acaba de conocer pero que ya me podía llamar Salva. La última vez que les visité, Rufino, el abuelo, me estaba esperando en la puerta de casa con un par de longanizas de ciervo caseras. Creo que va siendo hora de inventarme otro reportaje…

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Cuarto Siniestro

Desde que éramos pequeños nuestros padres tuvieron la buena costumbre de soltarnos cual alimañas por el campo. Aparte de ensuciarnos hasta las orejas una de las costumbres que seguíamos en nuestras salidas era la recolección de restos de animales. En Sangüesa, el pueblo de mi familia materna, reuníamos en una habitación los tesoros que íbamos encontrando en nuestras expediciones. Le llamamos el Cuarto Siniestro y poco a poco, con la constancia del buen rastreador, conseguimos llenar aquellas estanterías viejas de madera con cráneos, omóplatos, vértebras o mandíbulas, muy útiles para jugar a las pistolas. También recogíamos otro tipo de restos como herraduras, plumas o egagrópilas. Conforme nos hicimos mayores dejamos de ir al pueblo los fines de semana y los veranos y el Cuarto Siniestro quedó como un pequeño museo polvoriento. Como un mapa de los caminos de la infancia que, aunque representara un territorio pasado, de vez en cuando convenía echarle un vistazo para no perderse.

Hace unos años quitaron el Cuarto Siniestro pero en casa seguimos colocando calaveras de animales.  Son como viejos amigos que adornan nuestras paredes, de la misma manera que los retratos familiares lo hacen en las casas civilizadas.

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