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_SAT6761

La buena vida…

Atardece en la arista del Nadelhorn (Alpes suizos). La noche caerá pronto pero será tan larga como… tan larga como una noche sin dormir en la arista del Nadelhorn. La ventisca maltrata bruscamente nuestra tienda, que se dobla como si fuera de papel, y la llena de nieve por dentro. Es una de esas pocas veces en las que  prefiero el viento a la calma, pues mientras uno va a parar la otra anuncia desconcertantemente que el golpe está por llegar. Siete horas después el viento amaina. Ya podemos recoger y ponernos a andar. Solo quedan otras siete horas de jornada.

Y al regreso, sin cima, mis amigos contestan sujetando una cerveza en pantalón corto “¡pero qué bieeen vives…!”.

Y tienen razón.

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_SAT5604

Razones para subir montañas

Algunos sabios buscan allá, en las montañas, relajarse y gozar con la contemplación de una obra maestra. Otros, más valientes, experimentar la bravura descomunal de la Madre Tierra un día de tormenta, y tragar polvo, nieve y viento en medio de una cresta. Y mirar el reflejo de su cara en una piedra iluminada por la luz violeta de los relámpagos, poniendo ojos de perro asustado. Y sentir la violencia rebelde y libre de un rayo que parte un árbol cercano, y oler a quemado para recordar que estamos vivos y que, hay lugares en los que solo el miedo azuza nuestras piernas derrotadas por la hostilidad de terreno que vende cara su conquista; que aprieta cuando más nos ve sufrir, y se burla, y se ríe escupiendo carcajadas que  castigan como latigazos.

Yo, sin embargo, me hice montañero para poder tener el bigote congelado en medio del Ecuador. Pues hace tiempo me entregué sin remedio a la placentera felicidad del idiota.

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glaciar cayambe

Cayambe

2 de la mañana, 4.700 m. y poco oxígeno. Comenzamos a subir por el glaciar del Cayambe (Ecuador). Habrá que hacerlo despacio, sorteando las innumerables grietas que se reparten por la ladera y que la niebla esconde caprichosamente. A las 6 de la mañana, y a 5.400 m. decidimos darnos la vuelta. Con el calentamiento del día las grietas se vuelven aún más peligrosas. El glaciar engulle a todo elemento extraño que lo desafíe.  Como si fuera monstruo hambriento que esperara su ración.

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“Hoy la aventura está fuera de nuestro tiempo, ya no es necesaria. Pero hubo un momento en que sí lo era y, en mi opinión, una de las razones más importantes que nos sigue animando a ir hacia lo salvaje, hacia lo difícil, hacia ese mundo frío y peligroso, es que dentro de nosotros mismos está genéticamente escrito ese antiguo llamamiento, y ese lejano deseo aún late dentro de nosotros: enfrentarse a la naturaleza salvaje.”

Reinhold Messner

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calaveras

Cuarto Siniestro

Desde que éramos pequeños nuestros padres tuvieron la buena costumbre de soltarnos cual alimañas por el campo. Aparte de ensuciarnos hasta las orejas una de las costumbres que seguíamos en nuestras salidas era la recolección de restos de animales. En Sangüesa, el pueblo de mi familia materna, reuníamos en una habitación los tesoros que íbamos encontrando en nuestras expediciones. Le llamamos el Cuarto Siniestro y poco a poco, con la constancia del buen rastreador, conseguimos llenar aquellas estanterías viejas de madera con cráneos, omóplatos, vértebras o mandíbulas, muy útiles para jugar a las pistolas. También recogíamos otro tipo de restos como herraduras, plumas o egagrópilas. Conforme nos hicimos mayores dejamos de ir al pueblo los fines de semana y los veranos y el Cuarto Siniestro quedó como un pequeño museo polvoriento. Como un mapa de los caminos de la infancia que, aunque representara un territorio pasado, de vez en cuando convenía echarle un vistazo para no perderse.

Hace unos años quitaron el Cuarto Siniestro pero en casa seguimos colocando calaveras de animales.  Son como viejos amigos que adornan nuestras paredes, de la misma manera que los retratos familiares lo hacen en las casas civilizadas.

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