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Detalles

 Las cerillas tienen nombres de frutas.

Desde Poshina a Phimbalia hay tres kilómetros pero en época del monzón recorren 70.

Los búfalos comen las hojas secas del algodón.

He contado los pasajeros de un jeep al azar: 32 personas.

Los adivasis son enterrados en sus campos.

Por segunda vez hemos visto una pareja de mangostas. Los animales tienen su rutina y todos los días vemos en los mismos lugares a un par de martín pescador, uno de ellos se posa en un árbol seco frente a la casa de adobe de una familia adivasi a la que nos hemos acercado a saludar. Nos han enseñado orgullosos sus vacas. El hombre le pega palizas a su mujer. En el pueblo de Bedi se concentra la comunidad Garasia, una especie de “clase alta” de adivasis, si es que eso tiene sentido. Algunos se consideran más puros y evitan alimentos cocinados por otras comunidades de adivasis. Tampoco suelen enviar a las niñas a estudiar. Visten unos chalecos muy coloridos con espejos y flores bordadas; y adornan sus cuerpos con tatuajes y pulseras de plata. En Bedi hay alcaldesa pero P. comenta que las decisiones importantes las toma el marido. Los caminos están repletos de pequeñas bolas de algodón, quizá lo único blanco puro que hay en este superpoblado, sucio y sin embargo adictivo país.

*(Cuadernos de viaje India)

 

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Agua del Ganges

Hay ríos sucios, turbios, contaminados y malolientes. Después está el Ganges, que además de todo eso es el hogar de la diosa Ganga. Con 14 años, para retar a mi padre, me sumergí en sus aguas y no volví a salir nunca a la superficie, más limpia sí, pero menos divertida.

Para no olvidarlo en mi estantería reposa una botella de agua del Ganges. De vez en cuando esta botella atrae mi mirada con sus poderes divinos y me susurra. Yo la agarro y la agito para que los posos que se acumulan en el fondo vuelvan a mezclarse. Si fuera una mente compleja utilizaría esta botella como una metáfora de la vida, que a veces necesita unas sacudidas para no acomodarse. Pero lo cierto es que no tengo un cráneo tan privilegiado y agito esa botella para mirar cómo las pequeñas partículas marronáceas van y vienen silenciosas, planeando con sosiego con la paz de un feto en su líquido amniótico.

El baile de los posos de muertos me recuerda a una de esas bolas de cristal navideñas que nunca tuve de pequeño.

 

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