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Agua del Ganges

Hay ríos sucios, turbios, contaminados y malolientes. Después está el Ganges, que además de todo eso es el hogar de la diosa Ganga. Con 14 años, para retar a mi padre, me sumergí en sus aguas y no volví a salir nunca a la superficie, más limpia sí, pero menos divertida.

Para no olvidarlo en mi estantería reposa una botella de agua del Ganges. De vez en cuando esta botella atrae mi mirada con sus poderes divinos y me susurra. Yo la agarro y la agito para que los posos que se acumulan en el fondo vuelvan a mezclarse. Si fuera una mente compleja utilizaría esta botella como una metáfora de la vida, que a veces necesita unas sacudidas para no acomodarse. Pero lo cierto es que no tengo un cráneo tan privilegiado y agito esa botella para mirar cómo las pequeñas partículas marronáceas van y vienen silenciosas, planeando con sosiego con la paz de un feto en su líquido amniótico.

El baile de los posos de muertos me recuerda a una de esas bolas de cristal navideñas que nunca tuve de pequeño.

 

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