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El tío cura

Supongo que todas las familias, en mayor o menor medida, conforman su propia literatura autobiográfica. Quizá sea parte del mecanismo de la memoria reconstruir la historia a partir de una amalgama de recuerdos personales que transformamos, sospecho que a veces conscientemente, según de nuestros gustos, anhelos y traumas.

En el caso de mi familia paterna esa literatura creció hasta absorber la historia oficial y convertir esos jirones de recuerdos lejanos en una obra de entidad propia, repleta de tomos con episodios extraños y figuras mitológicas.  Esas historias pudieron  suceder tan solo  en una cabeza imaginativa, pero sucedieron. Son reales y como tal deben incorporarse a la memoria familiar.

Uno de esos personajes mitológicos de extrañas correrías fue Ángel C. Atienza, el tío cura. Ángel fue un tío abuelo de mi padre que en los tiempos de la república tuvo que salir de España. Viajó por diferentes países y caminos, pero el lugar donde agigantó su leyenda fue la región colombiana de Urabá, entre el Caribe y la selva (territorio al que fue a parar procedente de la no menos peligrosa selva corellana). Fue gracias a él que mi padre salió de España y conoció la Colombia de las iguanas en cocina comiendo papaya, de bandoleros que escapaban de los autobuses que pretendían atracar, y que defendían los propios pasajeros con sus pistolas. Aquella tierra caliente y palpitante de gallinazos en las barandas que sigue apareciendo, 40 años después, en sus poemas.

La herencia que el tío cura dejó a mi padre incluía una maleta con un puñado de libros y un viejo álbum de fotos de 7 kilos. Como si fuera un doble de Paco Gómez investigando a los Modlin abro el álbum en busca de respuestas. De hechos que un objetivo fotográfico, metálico y frío, documentara con neutralidad. Un poco de luz. Pero una vez más encuentro un álbum desbordante de fantasía que mezcla fotografías de indígenas de cerbatana, vascos de traje rayado, bailarinas, muertos, el canal de Panamá, la tatarabuela Vicenta, curas en burro y dedicatorias de toreros. Una obsesiva colección compuesta de miles de rostros desconocidos que no arroja mas que sombra a la ya de por sí enigmática figura del tío cura que cabalgaba por el trópico y escribía en sus diarios sobre jaibanás que arrancaban corazones con sus manos negras.

Aunque, por qué no, también puede ser que el tío cura fuera una persona normal y corriente que vivió donde y como pudo y que solo coleccionara imágenes para recordarse a sí mismo que su vida no estaba siendo tan solitaria. Quizá esta historia sea simplemente el deseo,  el deber, de alimentar una antigua y sagrada tradición familiar.

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fotografías: archivo familiar de Ángel C. Atienza, personaje, a pesar de los documentos, de dudosa existencia.

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