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Detalles

 Las cerillas tienen nombres de frutas.

Desde Poshina a Phimbalia hay tres kilómetros pero en época del monzón recorren 70.

Los búfalos comen las hojas secas del algodón.

He contado los pasajeros de un jeep al azar: 32 personas.

Los adivasis son enterrados en sus campos.

Por segunda vez hemos visto una pareja de mangostas. Los animales tienen su rutina y todos los días vemos en los mismos lugares a un par de martín pescador, uno de ellos se posa en un árbol seco frente a la casa de adobe de una familia adivasi a la que nos hemos acercado a saludar. Nos han enseñado orgullosos sus vacas. El hombre le pega palizas a su mujer. En el pueblo de Bedi se concentra la comunidad Garasia, una especie de “clase alta” de adivasis, si es que eso tiene sentido. Algunos se consideran más puros y evitan alimentos cocinados por otras comunidades de adivasis. Tampoco suelen enviar a las niñas a estudiar. Visten unos chalecos muy coloridos con espejos y flores bordadas; y adornan sus cuerpos con tatuajes y pulseras de plata. En Bedi hay alcaldesa pero P. comenta que las decisiones importantes las toma el marido. Los caminos están repletos de pequeñas bolas de algodón, quizá lo único blanco puro que hay en este superpoblado, sucio y sin embargo adictivo país.

*(Cuadernos de viaje India)

 

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