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Dirty Ballons

De los 8 a 16 años viví en un motel con mis padres, mis tíos y otros tres primos. El edificio, muy grande y deteriorado, tiene 98 habitaciones y cuatro pisos de altura. Fue construido a principios de los años 70 pero a veces todavía se puede ver la belleza que una vez tuvo. Cuando el negocio iba mal y no había muchos clientes el cuarto piso y la terraza eran nuestros para vagar libremente, jugar al  escondite y “el topao”. Allí se encontraba un montón de sorpresas extrañas que dejaban los clientes del motel. Cada vez que hallamos con un “globo” nos encantaba recogerlo y tirarselo a las empleadas del motel, nos parecía gracioso ver como ellas reaccionaban con caras de asco, aunque no sabíamos por qué. Hasta que un día mi madre nos descubrió y por poco nos arrancan las orejas. Le tuvimos que prometer que jamás en la vida volveríamos a tocar esas cosas. Me hubiera gustado enterarme de la razón  más temprano. Creo que una niñez recolectando restos de animales por el campo hubiera sido más sana que una jugando con condones usados por extraños.

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