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Cuarto Siniestro

Desde que éramos pequeños nuestros padres tuvieron la buena costumbre de soltarnos cual alimañas por el campo. Aparte de ensuciarnos hasta las orejas una de las costumbres que seguíamos en nuestras salidas era la recolección de restos de animales. En Sangüesa, el pueblo de mi familia materna, reuníamos en una habitación los tesoros que íbamos encontrando en nuestras expediciones. Le llamamos el Cuarto Siniestro y poco a poco, con la constancia del buen rastreador, conseguimos llenar aquellas estanterías viejas de madera con cráneos, omóplatos, vértebras o mandíbulas, muy útiles para jugar a las pistolas. También recogíamos otro tipo de restos como herraduras, plumas o egagrópilas. Conforme nos hicimos mayores dejamos de ir al pueblo los fines de semana y los veranos y el Cuarto Siniestro quedó como un pequeño museo polvoriento. Como un mapa de los caminos de la infancia que, aunque representara un territorio pasado, de vez en cuando convenía echarle un vistazo para no perderse.

Hace unos años quitaron el Cuarto Siniestro pero en casa seguimos colocando calaveras de animales.  Son como viejos amigos que adornan nuestras paredes, de la misma manera que los retratos familiares lo hacen en las casas civilizadas.

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