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Cuando el hambre ataca. Estaba en una zona costera de Venezuela, en el Mar Caribe. Caminaba con un bulto grande y mi cámara, de repente me doy cuenta que tengo mucha hambre pero no tengo mucho dinero ni nada que comer guardado. Entonces me meto en casa de este muchacho y su familia los cuales venden Empanadas. Me comí dos y quedé satisfecho para seguir caminando para coger el Bus.

Cuando terminé de comer le pregunte al chamín si podría tomarle una foto, ya que fue muy amable conmigo y quería guardarlo en mis negativos; sin negativas el muchacho accedió, a cambio de que le enviará la foto por e-mail.

La persona de detrás es su padre, el que cocina las empanadas y el, es el que las entrega.

*Empanadas: desayuno típico Venezolano hecho con harina de maíz y rellenas con frutos del mar, queso, carne, pollo o lo que sea.

*Chamín: muchacho pequeño. Niño. Adolescente.

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El agua estaba en calma y yo no podía dejar de mirar hacia la otra orilla. Aquel invierno había sido duro y las ganas de cruzar habían ido dejándome cada vez mas desesperado. Sin embargo aquel día los alisios dejaron de soplar y un viento del sur nos trajo el cálido perfume del sol, la esencia del cambio revoloteaba el aire. Fue entonces cuando dejé de mirar atrás, y me eché con fuerza hacia adelante.

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Fecha: 20/4/2015
Lugar: Cangdicun

Cuando voy a salir del pueblo veo de refilón una habitación oscura con la puerta abierta. Se ve movimiento así que me hago el despistado y entro. Es una antigua escuela en la que un par de cuadrillas de aldeanos juegan a las cartas. Invitan al forastero a sentarse con ellos y continúa la partida.

Cartas nuevas y rostros antiguos…

(Diario de viaje. Provincia de Shanxy, China)

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Hay veces que hueles la foto desde la distancia. Escenas que apenas ves de reojo, pero que activan con rapidez tu fotómetro. Como un perro de hocico húmedo al que el viento le trae el olor de una perra en celo.  En esas estaba yo cuando después de pasar la noche viajando salté del camión en Chilete. Les vi desde lejos. Una larga fila de señoras sentadas en un escalón con unos luminosos sombreros de ala ancha. De vuelo elegante. Rodee la plaza por el lado opuesto y me acerqué poco a poco. Pero ahí me vi en un pueblo que no conocía en un país que no era el mío frente a más de 20 mujeres acusándome con su mirada. Y quise escapar, irme al río a fotografiar pájaros, allí donde la vergüenza no me hiciera cada vez más pequeño.

Por suerte nunca supieron que ellas eran el mastín y yo el caniche.

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El tío cura

Supongo que todas las familias, en mayor o menor medida, conforman su propia literatura autobiográfica. Quizá sea parte del mecanismo de la memoria reconstruir la historia a partir de una amalgama de recuerdos personales que transformamos, sospecho que a veces conscientemente, según de nuestros gustos, anhelos y traumas.

En el caso de mi familia paterna esa literatura creció hasta absorber la historia oficial y convertir esos jirones de recuerdos lejanos en una obra de entidad propia, repleta de tomos con episodios extraños y figuras mitológicas.  Esas historias pudieron  suceder tan solo  en una cabeza imaginativa, pero sucedieron. Son reales y como tal deben incorporarse a la memoria familiar.

Uno de esos personajes mitológicos de extrañas correrías fue Ángel C. Atienza, el tío cura. Ángel fue un tío abuelo de mi padre que en los tiempos de la república tuvo que salir de España. Viajó por diferentes países y caminos, pero el lugar donde agigantó su leyenda fue la región colombiana de Urabá, entre el Caribe y la selva (territorio al que fue a parar procedente de la no menos peligrosa selva corellana). Fue gracias a él que mi padre salió de España y conoció la Colombia de las iguanas en cocina comiendo papaya, de bandoleros que escapaban de los autobuses que pretendían atracar, y que defendían los propios pasajeros con sus pistolas. Aquella tierra caliente y palpitante de gallinazos en las barandas que sigue apareciendo, 40 años después, en sus poemas.

La herencia que el tío cura dejó a mi padre incluía una maleta con un puñado de libros y un viejo álbum de fotos de 7 kilos. Como si fuera un doble de Paco Gómez investigando a los Modlin abro el álbum en busca de respuestas. De hechos que un objetivo fotográfico, metálico y frío, documentara con neutralidad. Un poco de luz. Pero una vez más encuentro un álbum desbordante de fantasía que mezcla fotografías de indígenas de cerbatana, vascos de traje rayado, bailarinas, muertos, el canal de Panamá, la tatarabuela Vicenta, curas en burro y dedicatorias de toreros. Una obsesiva colección compuesta de miles de rostros desconocidos que no arroja mas que sombra a la ya de por sí enigmática figura del tío cura que cabalgaba por el trópico y escribía en sus diarios sobre jaibanás que arrancaban corazones con sus manos negras.

Aunque, por qué no, también puede ser que el tío cura fuera una persona normal y corriente que vivió donde y como pudo y que solo coleccionara imágenes para recordarse a sí mismo que su vida no estaba siendo tan solitaria. Quizá esta historia sea simplemente el deseo,  el deber, de alimentar una antigua y sagrada tradición familiar.

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fotografías: archivo familiar de Ángel C. Atienza, personaje, a pesar de los documentos, de dudosa existencia.

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Detalles

 Las cerillas tienen nombres de frutas.

Desde Poshina a Phimbalia hay tres kilómetros pero en época del monzón recorren 70.

Los búfalos comen las hojas secas del algodón.

He contado los pasajeros de un jeep al azar: 32 personas.

Los adivasis son enterrados en sus campos.

Por segunda vez hemos visto una pareja de mangostas. Los animales tienen su rutina y todos los días vemos en los mismos lugares a un par de martín pescador, uno de ellos se posa en un árbol seco frente a la casa de adobe de una familia adivasi a la que nos hemos acercado a saludar. Nos han enseñado orgullosos sus vacas. El hombre le pega palizas a su mujer. En el pueblo de Bedi se concentra la comunidad Garasia, una especie de “clase alta” de adivasis, si es que eso tiene sentido. Algunos se consideran más puros y evitan alimentos cocinados por otras comunidades de adivasis. Tampoco suelen enviar a las niñas a estudiar. Visten unos chalecos muy coloridos con espejos y flores bordadas; y adornan sus cuerpos con tatuajes y pulseras de plata. En Bedi hay alcaldesa pero P. comenta que las decisiones importantes las toma el marido. Los caminos están repletos de pequeñas bolas de algodón, quizá lo único blanco puro que hay en este superpoblado, sucio y sin embargo adictivo país.

*(Cuadernos de viaje India)

 

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